Área 51

La parte que nos toca contar relata los acontecimientos que nutren el imaginario ovni. Miles de personas se reúnen en torno al Área 51 para ser espectadores y a la vez partícipes de la masacre que el Gobierno se supone que tiene preparada para ellos. A los adoradores de lo macabro, de la entidad espacial que dibuja el cosmos, les encantaría pulsar el botón que reanime a la bestia omnipotente, pero la imagen de tanta carne y tanta víctima inocente en torno a sus mandatarios, les apena a la vez que nubla en cierta manera el ansia por hacer que todo sangre. El hombre cree ser libre pero dicho sentimiento es una variante de campaña publicitaria que dirige su vida. El mandatario tiene el control, puede apretar el botón, es como la bestia del cosmos que todo lo ve y espera el mejor momento para chasquear los dedos y hacer que todo desaparezca.

La parte más oscura de lo que está a punto de acontecer proviene de una mente que no sabe si está bajo su total control cuando teclea el relato que se supone, dejarán de leer a la mitad aquellos que esperen un texto de estructura clásica. La narración puede retorcerse al igual que lo hace la vida abriéndose paso hacia la negrura del cosmos. Las palabras están construidas con la misma magia con que lo hace quien las crea, quien las repite, quien esculpe con materia invisible.

El público rodea el edificio repleto de experimentos con alienígenas, de misterios y de farándula del espacio exterior. Algunos se construyen sombreros de papel de aluminio, al igual que en las películas otros esperan ver algo para sonreír en silencio en sus camas individuales horas antes de acudir a sus obligaciones reales. El espacio exterior lo tiene todo programado. Teclear palabras en este momento ya estaba previsto. La originalidad es una palabra para infantes que juegan a ser distintos. Pero lo distinto en realidad es lo de siempre, ya no existe la magia porque incluso se han apropiado de su nombre. El Área 51 está repleta de imbéciles emulando a Mulder y Scully.

Podemos hacer el amor con los conceptos, jugar a los malabares con piezas de nave extraterrestre, arrancarnos una muela creyéndonos brujos, pero siempre sabremos que el único lugar al que podemos acudir para sentirnos especiales ante los demás es el Área 51. Un extraterrestre no desea formar parte de nuestro planeta. Ni tan solo congeniar con nosotros. Estamos demasiado infantilizados; aún nos gusta jugar a los disparos. Ellos saben que invocando al monstruo oscuro, a la Dark Prophecie, al Color surgido del Espacio, todo puede irse cañería abajo, pero prefieren ver como los hacemos nosotros solos.

El chthuluceno nos ayuda a comprender nuestros errores, de ahí que ni al mandatario le apetezca oprimir el botón rojo, ni a la bestia del cosmos arrasar con todo; es más divertido ver como el objetivo se cumple sin mover un solo dedo. Es mejor ver como todo arde sin tener un encendedor en el bolsillo.

Aun así, en lo alto de los cielos, al ente que se esconde detrás de la pantalla y que espía la escena desde su aeronave le apetece hacer algo con el cúmulo de carne y locura que trata de caer bien a los hombrecillos del espacio. Sus ojos de reptil parpadean a intervalos demasiado largos, su lengua repasa la sierra de dientes que se esconde bajo la capa de carne que le sirve de boca y su órgano que le sirve para ver, pensar y analizar necesita ponerse en marcha. Planea un golpe, algo parecido a un pequeño altercado en la Tierra, pero no de demasiada importancia, algo que en dos o tres días se haya olvidado. O quizás sea más divertido jugar a ocasionar la catástrofe. Mediante su capacidad para hablar con los dioses pide permiso para prender la llama, sabe de antemano que no se lo van a otorgar, pero de todas formas lo hace.

Aprieta un botón del tablero de su nave.

Una pequeña explosión en la superficie de la Tierra hace que medio centenar de cuerpos se agiten en el aire y vuelvan a caer al suelo. El resto de personas observan lo que ocurre. Nadie dice nada porque ya hay alguien desgañitándose con otro espécimen de su propia especie. De los rasguños de voz pasa al mordisco, a la rabia, a los ojos inyectados en sangre. El lagarto de la nave a ejecutado su pequeño plan perverso, su juego interdimensional, su alegoría de la sociedad de consumo humano. El caos es ahora un titular en primera plana. Los unos se atacan a los otros; la sociedad vive su verdadera realidad consumista. Consumamos hasta la carne del vecino; quítale el sombrero de aluminio y pégale un mordisco.

El ente reptiliano disfruta de lo que ve. La gente empieza a perseguirse. Hay quien huye. Existe también la figura del que acecha. Pronto quedarán todos sumidos en una anécdota en la historia de la extinción de la humanidad. O quizás no.

Hay sangre en el suelo porque cada vez que alguien muerde a otro, este se contamina. Igual que en las películas baratas de muertos vivientes todos corren por el único y verdadero motivo. Solo que esta vez la muerte ha sido gracias a un reptil que pilota aeronaves ultraterrestres. Los actores secundarios se empiezan a percatar de lo que ocurre. El muerto viviente forma parte de la esencia que comprende la vida del cosmos. Todos somos energía viviente que pasamos de un cuerpo a otro; el zombi es la evolución del cuerpo inútil que deja de serlo y sirve a un propósito simple, una variante de retorno a las necesidades básicas de todo ser viviente.

Los dioses observan con horror como el curso de la historia del hombre ha girado de un modo tan inaudito. Ya no existe el destino, al igual que las narraciones, la historia del ser humano puede sufrir tantos cambios como intenciones perversas existan. Ellos observan el cambio que está aconteciendo. No quieren participar en la perversidad de las vibraciones que emana el ser reptiliano que ríe de un modo distinto al humano. Aun así se sienten traicionados y disgustados.

El ejercito que defiende el Área 51 dispara a los cientos de mujeres y hombres que corren hacia ellos con sangre en sus mandíbulas. Algunos caen al suelo y otros se arrastran por el suelo con los ojos inyectados en sangre. No hay modo de detener el estropicio. Los muertos en vida cada vez son más, algunos siguen llevando el sombrero de papel de aluminio sobre esas expresiones de odio exacerbado. El edificio del Área 51 cada vez está más desprotegido.

Los soldados van cayendo para volver a levantarse. Ya no necesitan sus armas. Ya no desean abrir fuego. Todos corren hacia un lugar concreto, hacia donde saben que encontrarán más vidas a las que convertir. Algunos miran al cielo, hacia la dirección donde se encuentra la nave que les ha otorgado su nueva forma. Avanzan hacia el edificio cada vez más vulnerable. Saltan las vallas, revientan las verjas, arrasan como si fueran pequeños Panzers de carne y hueso.

Los dioses ya saben como termina el relato y por ello restan impasibles, expectantes ante alguna variación insospechada que pueda variar la estructura de la historia. Saben el final porque han visto a través del más allá. Saben el final porque empiezan a recordar que son ellos quienes escriben las historia a pesar de algunos pequeños contratiempos. Quedarse con la esencia de la existencia, leer la historia a rasgos generales hace despreciar un montón de detalles nimios. El ataque zombi que sufre el Área 51 es una pequeña infección en la historia que se va a curar en poco tiempo.

Los muertos consiguen entrar en el edifico y arrasan con toda forma viviente, muerden a las decenas de investigadores en bata blanca que se sienten desprotegidos, asustados, terriblemente sorprendidos. Un soldado convertido en muerto en vida muerde el cuerpo pútrido de un hombrecillo verdoso. Le arranca una buena parte del antebrazo. En un par de minutos la momia ultraterrestre cobra vida y empieza a deambular por los pasillos en busca de vidas a las que insuflar su particular medicina. Extraterrestres zombis empiezan a poblar las salas repletas de antiguos vehículos interestelares desvencijados. La vida ajena a la Tierra ha sido burlada a través del humano, siendo este a su vez engañado por un truco reptiliano.

El ente de dientes afilados grita de rabia porque se ha descubierto a sí mismo, ha sido burlado por la trampa que ha preparado él mismo. Su idea no era la de atacar a otras formas de vida exceptuando a las terrestres, sino todo lo contrario. De las puertas del edificio salen humanos con el pecho sangriento acompañados de extraterrestres con los ojos acuosos que deambulan de un modo pintoresco. La vida de los muertos vivientes es ahora un curioso circo de seres universales que no tiene adonde ir. La porción de Tierra que cubre los alrededores del Área 51 es algo infame y ridículo, un circo sin espectadores, un vertedero de vida inútil.

Los dioses deciden borrar el episodio poseyendo el cuerpo y la mente de quien escribe este relato y …

La parte que nos toca contar relata los acontecimientos que nutren el imaginario ovni. Miles de personas se reúnen en torno al Área 51 para ser espectadores y a la vez partícipes de la masacre que el Gobierno se supone que tiene preparada para ellos. A los adoradores de lo macabro, de la entidad espacial que dibuja el cosmos, les encantaría pulsar el botón que reanime a la bestia omnipotente, pero la imagen de tanta carne y tanta víctima inocente en torno a sus mandatarios, les apena a la vez que los devuelve a un estado de total contemplación.

Prefieren ver como el humano rinde culto a la vida espacial y viste merchandising sobre la vida extraterrestre y se coloca sombreros de papel de aluminio en la cabeza. La bestia oscura que divisa el espectáculo desde lo alto de los cielos observa el botón del tablero y decide no hacer nada, no sabe porqué, pero algo le dice que no hay nada divertido que hacer, el ser humano ya es de por sí divertido con sus guerras y su codicia. Se coloca ante el tablero de mandos y vira su rumbo hacia otro sistema solar. Su estela dibuja una hermosa curva que dura menos de dos segundos.

Los diosos ultraterrestres se sienten humillados ante el hecho de actuar ante la irresponsabilidad de los seres que tiene por debajo. Nunca más van a actuar ante los ojos de nadie, ni tan solo a tratar de cambiar el rumbo de la historia. Aún así algo parecido al alivio parece anidarse en sus corazones cuando la narración parece retomar un rumbo mucho menos violento y algo más surrealista. Tan solo hace falta ver a un tipo con un sombrero de aluminio coronando su cabeza.

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