
¿Te acuerdas del amor perfecto? La sensación de estar unido a alguien de un modo tan certero que es como si fuera una confabulación para perpetuar la especie de una manera hermosa, casi constructiva. Sabes que no hay nadie que te obligue a acercarte a alguien y amarlo, pero alguna variante de dispositivo invisible se activa para que, a pesar de las peleas, vuelvas siempre a la casilla de salida para volver a amar de nuevo. Y es que el sentimiento se construye poco a poco, con la experiencia que otorga el contacto, el beso y el deseo invisible. Y el afán por reunirte con ese otro ser, puede llegar a derrumbar algunos muros de hormigón.
¿Podrías llegar a pensar que lo que experimentas en vida es un plan urdido por algún ente benévolo? Quizá lo que antes creían que eran ángeles y ahora ultraterrestres no sean más que buenos deseos materializados en lo que creemos que debemos apreciar. Lo digo porque no hay manera de saberlo con total certeza, pero sí que existe la experiencia y el sabor de esta que define de alguna manera tu forma de existencia. No todos vivimos de una misma manera, pero sí que tenemos experiencias muy comunes que experimentamos como únicas. Keel habló de la famosa lluvia de ranas o de las desapariciones en el famoso Triangulo de las Bermudas como experiencia inaudita, pero yo estoy aquí para hablar de como me uní con otro ser de mi propia especie de un modo tan poco común que muchos, quizá, nunca lleguen a creerme.
Me acuerdo de aquella discusión tan fuerte con mi esposa que algo se rompió para siempre dentro de nosotros. Dicha disputa llevó a una separación instantánea que desembocó en una sucesión de sentimientos fatales que la obligaron, a ella, a pisar con más fuerza el acelerador huyendo de mi lado y desapareciendo por el acantilado que la llevó hacia un final oscuro y fatal: una muerte bajo el agua dentro de un vehículo motorizado. Aun así, la forma que tuvimos de unirnos fue tan inusual que quizá, el remedio fue mucho mejor que la enfermedad. Es decir, unimos nuestras mentes en una sola. Esto es lo que voy a contaros; me llamo Dick Miles y soy sincronizador cuántico.

Mi trabajo consiste en crear campos electromagnéticos que se extiendan y magneticen todo a nuestro alrededor para así, ahorrar esfuerzos a la hora de crear nuevos proyectos empresariales o incluso personales. Partiendo de la teoría que alega que nuestro ADN emana una frecuencia que ordena y afecta las estructuras moleculares de los integrantes, por ejemplo, de un grupo, creando el éxito total (2+2=5), y a raíz de la ruptura física y emocional con la que fue mi esposa, pude unir dos mentes en una sola al poder extraer la cadena de ADN del tejido cerebral del cuerpo sin vida de la que fue la mayor aventura amorosa de mi vida.
Nunca tuve pareja hasta hace unos años. Cuando experimenté el hecho de ser amado y saber que alguien, siempre, está pensando en ti de un modo tan amoroso, no pude ser capaz de aceptar su muerte y recurrí a mis conocimientos sobre campos cuánticos y sumatoria de fuerzas para aprovechar así, la fuerza de aquella gran mujer unida a mis pensamientos. Aproveché la determinación que toman los creyentes de cualquier religión para amar a sus dioses extrayendo la fuerza para creer en algo de un modo tan fuerte y lo apliqué al sentimiento amoroso hacia alguien en concreto, es decir, hacia la que fue mi esposa. Restablecí mi mente como si la preparada para ser invadida por un virus beneficioso, un fantasma invisible que se metiera dentro de mi cerebro y cobrara vida propia para así, poder vivir conmigo hasta el día de mi fallecimiento. Puesto que en aquel momento no me importaba la carne o todas las pasiones que se desatan cuando enfermamos de sentimientos afectivos, lo que yo quería tener dentro de mi era su forma de pensar, sus fallos y sus aciertos, su amor incondicional hacia mí mismo instalado dentro de mi cabeza. Pensé que si fuimos capaces de convivir, podríamos seguir haciéndolo dentro de una sola mente.
Mediante el sistema del alotransplante (parecido al que se practica con la médula ósea), extraje con ayuda de un laboratorio adecuado para dicho fin y con la estimable colaboración del doctor Nyiszli, amigo con el que compartimos grandes momentos en la universidad, el pensamiento “traducido” de ella, su personalidad, esta vez, en sustancia para poder ser inyectada sublimando la irrigación y las excrecencias de la glándula que segrega el núcleo estriado, zona que activa sentimientos poderosos y complejos como el amor o la adicción a las drogas. Al inicio de dicho periplo no sabíamos qué encontraríamos, y pensamos que estábamos construyendo una variante de monstruo frankensteniano sin cuerpo, es decir, estábamos reviviendo a alguien dentro del cuerpo de otra persona viva, duplicando así dos mentes distintas dentro de un mismo envoltorio. Pero resultó que el amor y el deseo activó de un modo inaudito la zona del núcleo estriado, gestando en un inicio la incubación de su mente dentro de la mía gracias al pensamiento amoroso que yo aún poseía. Así, pude desarrollar un pensamiento crónico de amor que en realidad era como la madre que gesta una vida dentro de la suya. Y en cuestión de días pude notar, de la misma manera que el poseído nota como algo entra de súbito en su cuerpo, como la personalidad de mi fallecido amor cobraba vida dentro la mía.
Reconozco que lo que estoy contando puede sonar algo rocambolesco, la ciencia es algo muy exacto y es difícil unirla con el sentimiento, pero hay veces que este último es tan poderoso que a veces crea milagros. Así fue como desenvolupé una mente ajena a la mía dentro de la mía propia. Era dos personas caminando al unísono y pensando de un modo autónomo con respecto al otro. Era capaz de mantener conversaciones conmigo mismo con si las estuviera teniendo con ella y así, sentirme de la misma forma como cuando ella era otro ente físico con el que compartíamos nuestra vida.

Parecía que mis pensamientos podían desdoblarse y volver a encontrarse de un modo inaudito. Lo mismo ocurría con el conocimiento, obtuve resultados teóricos del campo de la biología que nunca llegué a comprender antes del experimento y formas de pensar y de sentir que hubieran sido imposibles de concebir dentro de mi cabeza antes de la gestación de su personalidad en la mía. Porque lo que vivía conmigo era una persona individual, un pensamiento autónomo que carecía de cuerpo para poder seguir existiendo, pero que podía hacerlo junto al mío con total normalidad.
O eso era lo que yo pensaba.
Porque cuando llegaron las primeras discusiones al cabo de un tiempo de compartir una convivencia neuronal y emocional ejemplar, dos sentimientos enfrentados fustigaron mis emociones de un modo que mi organismo no pudo concebir; dos enfados dentro de un solo cuerpo eran harto difíciles de sostener. Así que me vi sometido a un fuerte estrés por parte de los dos agentes del sentimiento que batallaban casi a diario dentro de mi -cada vez más- frágil estructura. Puesto que mi cuerpo dejó de ser fuerte ya que a mi antiguo amor nunca le gustó el deporte, ni la lectura, ni tan solo la comida orgánica, y para evitar enfados tuve que ceder y pasé a ser más como fue ella que como era yo. Y poco a poco fui perdiendo la lucha para ceder ante sus exigencias y así, no dejar que el sistema nervioso sufriera de un modo tan desagradable. Pero entonces mi personalidad se fue haciendo pequeña, cada vez más, hasta que lo que en un inicio parecía ser una bonita historia de amor conmigo mismo, al final se pareció más a una posesión demoníaca al más puro estilo cinematográfico.
Deambulaba por la calle hablando conmigo mismo, pero en realidad era su personalidad la que me acechaba a todas horas, anulándome y haciéndome sentir inferior. Incluso llegué a pegarme a mi mismo, siendo incapaz de detener las agresiones de mi brazo izquierdo hacia mi cara. Cada vez me hacia notar más que ella no estaba a gusto dentro de mí, que la naturaleza debe seguir su curso y que yo había creado una aberración. Me había convertido en un monstruo y había aprisionado su mente dentro de la mía. Me aseguraba a todas horas que era ella la que se sentía prisionera, que no podía experimentar la calma porque vivía dentro de mi cabeza y estaba sometida, a todas horas, a mis pensamientos. Poco a poco, dentro de mi cráneo, comenzó a desenvolverse una variante de guerra del pensamiento que amenazaba con comportarse como brote psicótico esencial. El descontrol de su forma de pensar con respecto a la paz mental que yo necesitaba mutó en una gran masa de enfermedades mentales que me hicieron sucumbir una soleada mañana de julio, física y mentalmente, cerca del domicilio donde vivía.
En el suelo, mirando directamente al sol, experimenté lo que algunos llaman muerte cerebral y otros milagro ultraterrestre, ya que me era imposible concebir si lo que estaba comenzando a acontecer era real o solo vivía dentro de mi cabeza.

Vi el rostro del astro rey, lucía corona y era un hombre musculoso porteando un niño en brazos. En su mano izquierda sostenía una lanza, cuya punta penetró en mi cabeza y me sumió en un sueño extremadamente profundo.
A partir de ahí ya no tengo claro que ocurrió. De todas formas voy a contar lo que mi sufrida mente es capaz de recordar.
Desperté en el interior de una habitación blanca, con mucha luz, pero notaba que tanta blancura no me molestaba en los ojos. Era parecido a estar rodeado de nieve en un día soleado pero extrayendo las molestias que se sienten en las retinas. Mi cabeza parecía estar quieta y no sentía tanta relajación desde antes del experimento. Estaba desnudo y no sentía frío, sino una variante de calor corporal que parecía emanar de mi mismo.
Entonces alguien apareció de súbito y comenzó a acercarse a mí. Era una silueta blanca que me resultaba muy familiar. Era de piel muy blanca y de cabellos blancos. Su sonrisa me transmitía calidez y un amor incondicional hacia ella. En realidad era mi esposa que caminaba hacia mi pero existían algunas variantes físicas a como era ella en realidad; el color de su pelo y de sus dientes, los ojos eran algo más alargados, casi almendrados, y su andar era grácil y ligero; en pocos segundos y a pesar de la distancia que nos separaba, se posó junto a mi y me puso una mano en el pecho.
Sonrió y lo hizo de un modo que me hizo latir el corazón casi como si quisiera salir del pecho. Era un latido de amor, y no de esfuerzo, y me sentí ruborizado y quise besarla sin necesidad de expresarme con palabras. Y el puente invisible que unía nuestras bocas se derrumbó y sentí sus labios en contacto con los míos. Y dentro de mi cabeza escuché sus palabras.
“Has tardado demasiado en venir. Te estaba esperando”.
Y una sucesión de hombres de baja estatura con la piel de color tostada aparecieron a nuestro alrededor y se pusieron a bailar una variante de danza samoana. Brotó una extraña música de sintetizadores y nuestro beso pareció hacerse eterno, puesto que no recuerdo cuando nos detuvimos. Pero al hacerlo ella me cogió de la mano y recorrimos una interminable sucesión de pasillos que conformaban lo que parecía ser una de las partes de una nave ultraterrestre y llegamos a una sala, desnudos, donde una gigantesca ventana nos mostró el secreto del universo y vimos galaxias y estrellas y dimensiones que nunca hubiera imaginado. Era como tropezar y caer dentro de una viñeta de Estela Plateada con imágenes explícitas, puesto que allí mismo comenzamos a hacer el amor mientras los astros parecían gritar de placer al ritmo de nuestras acometidas.

Y al terminar ella me cogió de la mano y desandamos el laberinto de pasillos hasta llegar a una puerta automática que se abrió y me mostro el otro lado de la mañana y me abrí paso entre la maleza de la naturaleza hasta llegar a lo que parecía mi hogar, a sabiendas de que ella había desaparecido y, cargando con la sensación de que nunca más volvería a saber de ella, desperté en mi cama con la mente reparada; volví a ser yo mismo, único pensamiento dentro de mi cabeza. Dueño de mis sentidos. Paladín de mis emociones.
Y así, y durante unos días, unos tipos con extraños uniformes vinieron a verme durante los días sucesivos a mi extraño viaje para asegurarse de que me encontraba con mis facultados mentales ilesas. Me ofrecieron una bebida muy dulce y de buen sabor que acepté con gratitud, casi drogado por aquellas presencias que me recordaban sobremanera a mi curiosa experiencia y a mi fallecida mujer, me sentí arropado por un sentimiento amoroso harto poderoso, casi que me recordaba al afecto que sentía mi mujer por mí durante los primeros años de casarnos. Y en realidad seguía amando a mi esposa pero no sentía dolor, era como si ella siguiera estando a mi lado pero no lo estaba. Fue como quedarse con la idea de que alguien te ama en todo momento aunque no puedas tocarlo.

Y sentí amor, sentí mucho amor por parte de una experiencia que fue mucho más gratificante que el experimento en sí, cuyo inicio parecía prometedor, pero que al final resultó ser otra moraleja más sobre el poco poder que tiene el hombre para ser un dios. Y durante mucho tiempo traté de comprender que es lo que había desatado, y pensé que había querido jugar a algo que no me estaba permitido y que fuerzas mucho más poderosas y comprensivas que nosotros habían tenido que interceder mediante el engaño ( o no) para regalarme algo muy valioso pero a la vez invisible.
Cada vez que el sentimiento amoroso se aleja un poco, automáticamente me viene a la cabeza el acto carnal que tuvo lugar dentro de la nave y la sucesión de luces y placer desplegados al unísono en mitad de la negrura espacial. Y entonces me siento afortunado de haber sido aleccionado, de haber sido interrumpido por algo o alguien que considera que soy demasiado inmaduro para jugar a los experimentos con la muerte. Y es entonces cuando noto que estoy siendo amado y la vez observado, así que, arropándome en un sentimiento -falso o no- del amor incondicional, trato de seguir viviendo dentro de mi cabeza como ente individual, responsable y ajeno al juego fatídico que existe entre la vida y la muerte.

















