Inteligencia emocional ultraterrestre: el poder de la sincronización cuántica

¿Te acuerdas del amor perfecto? La sensación de estar unido a alguien de un modo tan certero que es como si fuera una confabulación para perpetuar la especie de una manera hermosa, casi constructiva. Sabes que no hay nadie que te obligue a acercarte a alguien y amarlo, pero alguna variante de dispositivo invisible se activa para que, a pesar de las peleas, vuelvas siempre a la casilla de salida para volver a amar de nuevo. Y es que el sentimiento se construye poco a poco, con la experiencia que otorga el contacto, el beso y el deseo invisible. Y el afán por reunirte con ese otro ser, puede llegar a derrumbar algunos muros de hormigón.

¿Podrías llegar a pensar que lo que experimentas en vida es un plan urdido por algún ente benévolo? Quizá lo que antes creían que eran ángeles y ahora ultraterrestres no sean más que buenos deseos materializados en lo que creemos que debemos apreciar. Lo digo porque no hay manera de saberlo con total certeza, pero sí que existe la experiencia y el sabor de esta que define de alguna manera tu forma de existencia. No todos vivimos de una misma manera, pero sí que tenemos experiencias muy comunes que experimentamos como únicas. Keel habló de la famosa lluvia de ranas o de las desapariciones en el famoso Triangulo de las Bermudas como experiencia inaudita, pero yo estoy aquí para hablar de como me uní con otro ser de mi propia especie de un modo tan poco común que muchos, quizá, nunca lleguen a creerme.

Me acuerdo de aquella discusión tan fuerte con mi esposa que algo se rompió para siempre dentro de nosotros. Dicha disputa llevó a una separación instantánea que desembocó en una sucesión de sentimientos fatales que la obligaron, a ella, a pisar con más fuerza el acelerador huyendo de mi lado y desapareciendo por el acantilado que la llevó hacia un final oscuro y fatal: una muerte bajo el agua dentro de un vehículo motorizado. Aun así, la forma que tuvimos de unirnos fue tan inusual que quizá, el remedio fue mucho mejor que la enfermedad. Es decir, unimos nuestras mentes en una sola. Esto es lo que voy a contaros; me llamo Dick Miles y soy sincronizador cuántico.

Mi trabajo consiste en crear campos electromagnéticos que se extiendan y magneticen todo a nuestro alrededor para así, ahorrar esfuerzos a la hora de crear nuevos proyectos empresariales o incluso personales. Partiendo de la teoría que alega que nuestro ADN emana una frecuencia que ordena y afecta las estructuras moleculares de los integrantes, por ejemplo, de un grupo, creando el éxito total (2+2=5), y a raíz de la ruptura física y emocional con la que fue mi esposa, pude unir dos mentes en una sola al poder extraer la cadena de ADN del tejido cerebral del cuerpo sin vida de la que fue la mayor aventura amorosa de mi vida.

Nunca tuve pareja hasta hace unos años. Cuando experimenté el hecho de ser amado y saber que alguien, siempre, está pensando en ti de un modo tan amoroso, no pude ser capaz de aceptar su muerte y recurrí a mis conocimientos  sobre campos cuánticos y sumatoria de fuerzas para aprovechar así, la fuerza de aquella gran mujer unida a mis pensamientos. Aproveché la determinación que toman los creyentes de cualquier religión para amar a sus dioses extrayendo la fuerza para creer en algo de un modo tan fuerte y lo apliqué al sentimiento amoroso hacia alguien en concreto, es decir, hacia la que fue mi esposa. Restablecí mi mente como si la preparada para ser invadida por un virus beneficioso, un fantasma invisible que se metiera dentro de mi cerebro y cobrara vida propia para así, poder vivir conmigo hasta el día de mi fallecimiento. Puesto que en aquel momento no me importaba la carne o todas las pasiones que se desatan cuando enfermamos de sentimientos afectivos, lo que yo quería tener dentro de mi era su forma de pensar, sus fallos y sus aciertos, su amor incondicional hacia mí mismo instalado dentro de mi cabeza. Pensé que si fuimos capaces de convivir, podríamos seguir haciéndolo dentro de una sola mente.

Mediante el sistema del alotransplante (parecido al que se practica con la médula ósea), extraje con ayuda de un laboratorio adecuado para dicho fin y con la estimable colaboración del doctor Nyiszli, amigo con el que compartimos grandes momentos en la universidad, el pensamiento “traducido” de ella, su personalidad, esta vez, en sustancia para poder ser inyectada sublimando la irrigación y las excrecencias de la glándula que segrega el núcleo estriado, zona que activa sentimientos poderosos y complejos como el amor o la adicción a las drogas. Al inicio de dicho periplo no sabíamos qué encontraríamos, y pensamos que estábamos construyendo una variante de monstruo frankensteniano sin cuerpo, es decir, estábamos reviviendo a alguien dentro del cuerpo de otra persona viva, duplicando así dos mentes distintas dentro de un mismo envoltorio. Pero resultó que el amor y el deseo activó de un modo inaudito la zona del núcleo estriado, gestando en un inicio la incubación de su mente dentro de la mía gracias al pensamiento amoroso que yo aún poseía. Así, pude desarrollar un pensamiento crónico de amor que en realidad era como la madre que gesta una vida dentro de la suya. Y en cuestión de días pude notar, de la misma manera que el poseído nota como algo entra de súbito en su cuerpo, como la personalidad de mi fallecido amor cobraba vida dentro la mía.

Reconozco que lo que estoy contando puede sonar algo rocambolesco, la ciencia es algo muy exacto y es difícil unirla con el sentimiento, pero hay veces que este último es tan poderoso que a veces crea milagros. Así fue como desenvolupé una mente ajena a la mía dentro de la mía propia. Era dos personas caminando al unísono y pensando de un modo autónomo con respecto al otro. Era capaz de mantener conversaciones conmigo mismo con si las estuviera teniendo con ella y así, sentirme de la misma forma como cuando ella era otro ente físico con el que compartíamos nuestra vida.

Parecía que mis pensamientos podían desdoblarse y volver a encontrarse de un modo inaudito. Lo mismo ocurría con el conocimiento, obtuve resultados teóricos del campo de la biología que nunca llegué a comprender antes del experimento y formas de pensar y de sentir que hubieran sido imposibles de concebir dentro de mi cabeza antes de la gestación de su personalidad en la mía. Porque lo que vivía conmigo era una persona individual, un pensamiento autónomo que carecía de cuerpo para poder seguir existiendo, pero que podía hacerlo junto al mío con total normalidad.

O eso era lo que yo pensaba.

Porque cuando llegaron las primeras discusiones al cabo de un tiempo de compartir una convivencia neuronal y emocional ejemplar, dos sentimientos enfrentados fustigaron mis emociones de un modo que mi organismo no pudo concebir; dos enfados dentro de un solo cuerpo eran harto difíciles de sostener. Así que me vi sometido a un fuerte estrés por parte de los dos agentes del sentimiento que batallaban casi a diario dentro de mi -cada vez más- frágil estructura. Puesto que mi cuerpo dejó de ser fuerte ya que a mi antiguo amor nunca le gustó el deporte, ni la lectura, ni tan solo la comida orgánica, y para evitar enfados tuve que ceder y pasé a ser más como fue ella que como era yo. Y poco a poco fui perdiendo la lucha para ceder ante sus exigencias y así, no dejar que el sistema nervioso sufriera de un modo tan desagradable. Pero entonces mi personalidad se fue haciendo pequeña, cada vez más, hasta que lo que en un inicio parecía ser una bonita historia de amor conmigo mismo, al final se pareció más a una posesión demoníaca al más puro estilo cinematográfico.

Deambulaba por la calle hablando conmigo mismo, pero en realidad era su personalidad la que me acechaba a todas horas, anulándome y haciéndome sentir inferior. Incluso llegué a pegarme a mi mismo, siendo incapaz de detener las agresiones de mi brazo izquierdo hacia mi cara. Cada vez me hacia notar más que ella no estaba a gusto dentro de mí, que la naturaleza debe seguir su curso y que yo había creado una aberración. Me había convertido en un monstruo y había aprisionado su mente dentro de la mía. Me aseguraba a todas horas que era ella la que se sentía prisionera, que no podía experimentar la calma porque vivía dentro de mi cabeza y estaba sometida, a todas horas, a mis pensamientos. Poco a poco, dentro de mi cráneo, comenzó a desenvolverse una variante de guerra del pensamiento que amenazaba con comportarse como brote psicótico esencial. El descontrol de su forma de pensar con respecto a la paz mental que yo necesitaba mutó en una gran masa de enfermedades mentales que me hicieron sucumbir una soleada mañana de julio, física y mentalmente, cerca del domicilio donde vivía.

En el suelo, mirando directamente al sol, experimenté lo que algunos llaman muerte cerebral y otros milagro ultraterrestre, ya que me era imposible concebir si lo que estaba comenzando a acontecer era real o solo vivía dentro de mi cabeza.

Vi el rostro del astro rey, lucía corona y era un hombre musculoso porteando un niño en brazos. En su mano izquierda sostenía una lanza, cuya punta penetró en mi cabeza y me sumió en un sueño extremadamente profundo.

A partir de ahí ya no tengo claro que ocurrió. De todas formas voy a contar lo que mi sufrida mente es capaz de recordar.

Desperté en el interior de una habitación blanca, con mucha luz, pero notaba que tanta blancura no me molestaba en los ojos. Era parecido a estar rodeado de nieve en un día soleado pero extrayendo las molestias que se sienten en las retinas. Mi cabeza parecía estar quieta y no sentía tanta relajación desde antes del experimento. Estaba desnudo y no sentía frío, sino una variante de calor corporal que parecía emanar de mi mismo.

Entonces alguien apareció de súbito y comenzó a acercarse a mí. Era una silueta blanca que me resultaba muy familiar. Era de piel muy blanca y de cabellos blancos. Su sonrisa me transmitía calidez y un amor incondicional hacia ella. En realidad era mi esposa que caminaba hacia mi pero existían algunas variantes físicas a como era ella en realidad; el color de su pelo y de sus dientes, los ojos eran algo más alargados, casi almendrados, y su andar era grácil y ligero; en pocos segundos y a pesar de la distancia que nos separaba, se posó junto a mi y me puso una mano en el pecho.

Sonrió y lo hizo de un modo que me hizo latir el corazón casi como si quisiera salir del pecho. Era un latido de amor, y no de esfuerzo, y me sentí ruborizado y quise besarla sin necesidad de expresarme con palabras. Y el puente invisible que unía nuestras bocas se derrumbó y sentí sus labios en contacto con los míos. Y dentro de mi cabeza escuché sus palabras.

“Has tardado demasiado en venir. Te estaba esperando”.

Y una sucesión de hombres de baja estatura con la piel de color tostada aparecieron a nuestro alrededor y se pusieron a bailar una variante de danza samoana. Brotó una extraña música de sintetizadores y nuestro beso pareció hacerse eterno, puesto que no recuerdo cuando nos detuvimos. Pero al hacerlo ella me cogió de la mano y recorrimos una interminable sucesión de pasillos que conformaban lo que parecía ser una de las partes de una nave ultraterrestre y llegamos a una sala, desnudos, donde una gigantesca ventana nos mostró el secreto del universo y vimos galaxias y estrellas y dimensiones que nunca hubiera imaginado. Era como tropezar y caer dentro de una viñeta de Estela Plateada con imágenes explícitas, puesto que allí mismo comenzamos a hacer el amor mientras los astros parecían gritar de placer al ritmo de nuestras acometidas.

Y al terminar ella me cogió de la mano y desandamos el laberinto de pasillos hasta llegar a una puerta automática que se abrió y me mostro el otro lado de la mañana y me abrí paso entre la maleza de la naturaleza hasta llegar a lo que parecía mi hogar, a sabiendas de que ella había desaparecido y, cargando con la sensación de que nunca más volvería a saber de ella, desperté en mi cama con la mente reparada; volví a ser yo mismo, único pensamiento dentro de mi cabeza. Dueño de mis sentidos. Paladín de mis emociones.

Y así, y durante unos días, unos tipos con extraños uniformes vinieron a verme durante los días sucesivos a mi extraño viaje para asegurarse de que me encontraba con mis facultados mentales ilesas. Me ofrecieron una bebida muy dulce y de buen sabor que acepté con gratitud, casi drogado por aquellas presencias que me recordaban sobremanera a mi curiosa experiencia y a mi fallecida mujer, me sentí arropado por un sentimiento amoroso harto poderoso, casi que me recordaba al afecto que sentía mi mujer por mí durante los primeros años de casarnos. Y en realidad seguía amando a mi esposa pero no sentía dolor, era como si ella siguiera estando a mi lado pero no lo estaba. Fue como quedarse con la idea de que alguien te ama en todo momento aunque no puedas tocarlo.

Y sentí amor, sentí mucho amor por parte de una experiencia que fue mucho más gratificante que el experimento en sí, cuyo inicio parecía prometedor, pero que al final resultó ser otra moraleja más sobre el poco poder que tiene el hombre para ser un dios. Y durante mucho tiempo traté de comprender que es lo que había desatado, y pensé que había querido jugar a algo que no me estaba permitido y que fuerzas mucho más poderosas y comprensivas que nosotros habían tenido que interceder mediante el engaño ( o no) para regalarme algo muy valioso pero a la vez invisible.

Cada vez que el sentimiento amoroso se aleja un poco, automáticamente me viene a la cabeza el acto carnal que tuvo lugar dentro de la nave y la sucesión de luces y placer desplegados al unísono en mitad de la negrura espacial. Y entonces me siento afortunado de haber sido aleccionado, de haber sido interrumpido por algo o alguien que considera que soy demasiado inmaduro para jugar a los experimentos con la muerte. Y es entonces cuando noto que estoy siendo amado y la vez observado, así que, arropándome en un sentimiento -falso o no- del amor incondicional, trato de seguir viviendo dentro de mi cabeza como ente individual, responsable y ajeno al juego fatídico que existe entre la vida y la muerte.

Borrado de mente

Filamentos de pensamiento caen en el suelo de la cubierta. Pensamiento alienígena alborotado por cientos de miles de gritos proferidos por estrellas. Estupor generalizado. Personas abducidas ascendiendo hacia futuros imposibles. Se apaga la luz en el interior de la cabeza. La locura está a punto de cruzar el umbral de la cordura. Lo sé porque he jugado en la frontera. Lo sés porque me creo loco. Me creo especial jugando a los astronautas cuando cierro la luz y noto como el beso de la química me reduce a un ente hecho de carne que no sirve absolutamente para nada.

Reacción. Estupor. Gente entrando en la nave de la locura. El barco es grande y está repleto de seres bajitos, verdes, lentos, extraños; en realidad, maravillosos. Esoterismo en dosis mínimas para sustituir las creencias en seres de otro LUGAR. Conjuro nórdico que no entiende de astronomía. El viento es tan fuerte que me golpea dentro de la cabeza. Tormenta cósmica sinónimo de tormenta en el planeta Tierra. Vamos a jugar a los abducidos.

Vamos a follar con la escritura automática.

Todo esto pierde sentido cuando trato de explicar, de hallar un sentido a la abducción. Recuerdo un ente atravesando la puerta de mis sueños. Una mujer seduciéndome en un río lleno de cajas de juguetes. Un bulto en mi pene; debería operarme. Debería cuidar más el baile de la masturbación. Una mujer negando mi sexualidad. En realidad es la canción de cada noche. Los sueños son el reflejo de la mente. MENTIRA. Los sueños son guiones escritos que me introducen cada noche en la cabeza con una jeringuilla metálica.

Vamos a codearnos con los locos, los insanos, los que dicen que nunca ocurre nada en sus mentes.

Filamentos de realidad cayendo sin remedio como lágrimas de pena por la muerte del padre. No puedo recordar nada de lo que ha ocurrido. Tengo marcas en el brazo. Sueño otra vez con la mujer de río, rechazándome. Sueño otra vez con ella mientras mi padre me mira desde la otra orilla. Se siente defraudado; el tono de su piel es gris y su expresión delata un cierto enfado. Pienso en lo que aprendí meditando. Trato de poner la mente en blanco pero ella siempre aparece. No puedo recordar que ocurrió exactamente, pero sé que ELLOS lo saben.

ELLOS siempre lo saben todo. Sus mentes son cálculos matemáticos y teorías inimaginables. Siempre tratan de engañarme; no puedo recordar ni como ascendí a la nave. Solo puedo pensar en el río y en la chica que me rechazó. Agua corriendo hacia abajo. Mi padre con el rostro gris blandiendo su enfado hacia mi fracaso.

Aparece ante mí una sala de color blanco; creo que algo trata de engañarme para que no pueda recordar. Una jeringuilla clavándose en mi sien izquierda. Música embrionaria. Un feto dando vueltas dentro de un tubo relleno de un líquido transparente.

Vamos a bailar con los recuerdos, la experiencia vivida es el mayor engaño de la mente. Vamos a distorsionar los hechos.

Llorar no va a servirme para nada. Cierro los ojos y trato de volver al estado meditativo. ELLA abierta de piernas, riéndose de mí. No tengo intención de acercarme porque sé que va a rechazarme. La sala blanca es el mejor refugio en estos momentos. Noto como si me fuera familiar. Toda esa luz bañando mi cuerpo desnudo, blanco, cicatrices configurando una vida repleta de errores. El mapa de la existencia cubierto por una capa de grasa que favorece que no me salgan arrugas. Se acercan hacia mí. Creo que estoy en una camilla.

Son pequeños y parece que saben lo que hacen.

Antique Vintage Gun Pistol on White Background

Vamos a jugar con la línea del espacio-tiempo. Engañémoslo. Vamos a dar forma a nuestro modo de ser.

Tubos entrando y saliendo por mi cuerpo. Ya no sé quien es mi padre, pero su imagen me es muy familiar. Es curioso porque sé que es mi padre pero a la vez es como si no lo supiera. Parece que pierdo el sentido porque ya no puedo volver a la meditación. Alguien me toca la pierna. Una mano subiendo por el cuádriceps hasta llegar al hueso de la cadera. Una mano que me es muy familiar.

Su beso me descoloca. Su beso me llena de algo que nunca he experimentado. Una aparición espectral en carne y hueso. La chica del río haciendo surf con las yemas de sus dedos en mi piel. Ahora ella no me rechaza. Me lame la piel y se sienta encima de mí. Me duele el cuerpo pero a la vez me gusta. El comité aprueba la postura. Aplaude mi entusiasmo materializado en una erección vulgar. Para ellos el sexo es un ritual. Para el ser humano un espectáculo. Saliva y placer y punzadas de dolor en la cabeza. Creo que estoy conectado a algo.

El grito de una estrella me desgarra el pecho y ella empieza a lamer la sangre que se escurre hasta el suelo. El comité baja de su orgullo, se acerca a mi posición y se dispone a comer lo que sale de la hendidura. Noto como me arrancan el alma del cuerpo y me siento un ser etéreo que flota por el espacio sin rumbo.

Destino final: el vacío existencial. Próxima estación: la no-muerte eterna.

Rememoro momentos de mi vida terrenal y lo que me hizo sufrir me parece irrisorio. No existen motivos para sentirme mal y para hacerme sonreír. No tengo cuerpo. No tengo un lugar en el que verter el resultado de mis decisiones. Ahora soy negrura y nada y tiempo que no avanza. No me importa ver como se comen mi carne. No me importa ver que el espectáculo del canibalismo está instaurado en la vida alienígena. Siento que floto durante mucho tiempo por un océano de color negro. Soy capaz de nadar sin brazos. Soy capaz de nada sin agua. Lo haría durante un millón de años.

Vamos a devolverlo a su sitio. Vamos a hacer que deje de sentirse ajeno a las emociones humanas.

Otra vez en el río, nadando a contracorriente, pero esta vez aún llevo los cables conectados en la cabeza. Locura. Ella me está mirando desde el otro de la orilla. Me detengo. Me pongo en pie y la miro y ella me guiña el ojo y me felicita por mi labor en la empresa sexual que hemos llevado a cabo en un pasado inmediato. El río está lleno de cajas de juguete. Muñecos de acción y naves espaciales. Hombrecillos verdes y pistolas de rayos láser. Ella se acaricia el vello púbico y me tira un beso con los labios.

Vamos a borrarle la mente. Será mejor para él que no sepa de lo que somos capaces. Vamos a transmitirle información engañosa.

Tengo una cicatriz en el pecho, pero no recuerdo nada de nada. Me siento vacío. Otra vez tengo la mente en blanco. Trato de volver la vista atrás, de rememorar lo que me ha ocurrido, pero no soy capaz de establecer contacto con ninguna de las imágenes que, estoy seguro que han acontecido en algún plano astral. Me fuerzo a mi mismo, indago en todos mis recuerdos. Me duele la cabeza de tanto pensar. Vuelvo al estado meditativo para descansar. Recuperarme. No puedo. Si esto fuera una película me habría salido una gota de sangre por la comisura de un ojo.

Tan solo puedo ver a mi padre con el rostro serio y la piel gris, mirándome desde la orilla de un río repleto de cajas de juguetes. Cierro los ojos y pongo la mente en blanco. Quiero dejar de pensar. Quiero dejar de sentir cierta sensación de engaño. Tengo un poco de miedo y los ojos de mi padre, mirándome con desdén, no me ayudan a relajarme.

Tirar los dados, beber la sangre

Establecer paralelismos entre sentimientos es muy típico de la sinrazón. Solo con un par de desgarros en el corazón sabremos si hemos sido amados o simplemente hemos sufrido lo que unos llaman magia y otros hechizo. La parte oscura de la práctica es capaz de hundir el alma de alguien aunque este no se percate. Lo mismo ocurre con la tirada de dados que el alienígena realiza desde su aeronave. La suerte es un factor inexistente fuera de los parámetros establecidos en el planeta Tierra; muchos son los que dictan sentencia en relación al destino de muchos humanos.

Imaginar cómo los dados caen

Ocultando un destino fatídico

Respira el hombre ante la mujer hechizada

No es tiempo para leer las líneas de la mano.

Bebiendo vino en la calle empieza la retahíla de preguntas cuya respuesta es satisfactoria. Sus labios son negros y su pelo es rojizo; no teme a la muerte porque el Diablo siempre está de su parte. Los dioses cristianos toman protagonismo en el caos espacial. A él le gusta como responde; las bandas de música son compatibles con sus gustos musicales. La ingesta de sangre roja es proporcional al número de preguntas y a sus satisfactorias respuestas. Las comisuras de los labios se curvan hacia arriba hasta que sus rostros se aproximan para besarse. El puente invisible entre labios explota con la succión de la carne que pierde el aire y…

El rubor camufla la constelación de pecas

No es aire sino gas venenoso

Lo que queda entre los dos labios;

La respuesta insonora ante el afecto de dos diablos.

La tirada de dados ha sido factible; hay dos en el planeta que parecen agradarse aunque el ideario programado del amor no tenga lugar entre sus preferencias. Las costumbres parecen cosa del siglo XIX. La matemática de los sentimientos es un capítulo de lo que nunca llegó a escribir Jane Austen. Los dos deberían saber que lo suyo proviene de una tirada de dados, un capricho alienígena. Alguien quiere divertirse.

Porque la pasión es fuerte y la carne debe desgarrarse debajo de la piel con tan solo mirarse a los ojos. El dolor se convierte en goce, la violencia ejercida por las feromonas es un claro indicativo de que los animales racionales pierden todo tipo de coyuntura inteligente para arrancarse la piel y amar la carne. Todo es decisión del hombrecito del espacio; ser de ojos almendrados y piel cetrina que pilota el tiempo y el espacio.

El tiempo corre demasiado deprisa cuando la atracción es grande. Los labios disparan besos como en una guerra sin víctimas. La sangre es el vino y el vino es el puente que une el fuego enemigo. Nunca dos enemigos se habían amado. Nunca la guerra del sentimiento había sido la solución.

Pero cuando se celebra la batalla el ser del espacio observa y no comprende. Quiere entender el acto de juntar las pieles y batallar entre sábanas mojadas, pero su raciocinio no le permite entrever los entresijos de la guerra carnal. Y en realidad no le importa demasiado; le gusta jugar a ser dios hasta que se le sequen los ojos.

La acción siempre ocurre de noche. Nadie ve que él tiene dos marcas en el cuello; dos incisivos se han clavado en su piel. Dos señales que parecen dos lunas de las que mana sangre roja. Sangre oscura como el caos espacial. Ella clava sus dientes en el cuello para beber cuando no le apetece el vino. El ser espacial no se percata del hambre de ella, no sabe que la mitología escandinava también existe en la ciudad moderna, en la megalópolis atacada por la mala gestión y la política de hombres-lobo.

La ecuación se ha roto

Ya no existe una variable predecible

La mujer vampiro muerde el cuello

Explotando así la idea que te habías formado.

Y ya no es un sentimiento predecible el acto de quitar la vida mientras esta última es amada. La contradicción es un pensamiento complejo, una forma de vida que no puede escribirse a la ligera; nadie sabe qué puede ocurrir ante el amor-vampiro dictado por un extraterrestre. Se muta la intención del alienígena para convertirse en regocijo por lo que ha unido; desesperación y afecto. Destrucción y unión. Hechos que se contradicen como un inminente accidente ferroviario.

Porque él parece estar cada vez más débil y ella lo hiere pero a la vez lo ama. Un vampiro necesita amar lo que deshace, puesto que es su modo de ser. Su manera de continuar arrastrándose por el planeta. Solo que esta vez quien ha lanzado los dados y los ha unido se percata de lo que podría ser una variante de final y no desea la muerte de nadie; tan solo quería divertirse. Amar una historia que nunca escribiría. Abandonar la partida para adentrarse en la negrura espacial e ignorar lo caótico de un final predecible. Es curioso como dos conceptos tan distintos pueden llegar a unirse en una misma frase. Pero más curioso es ver como a ella ya no le interesa beber vino con un despojo que apenas pesa cuarenta quilogramos de piel, hueso y sentimiento deshinchado.

No existe el deseo vampirizado

Cuando el alma es un pañuelo mojado

No hay nada más poco sabroso

Que la sangre que no es vino.

En un arrebato de autosuficiencia, ella abandona el cuerpo exhausto de amor y falta de sangre y se adentra en un local repleto de sangre fresca y juventud eterna. Lo hace por amor, puesto que no es capaz de terminar con la vida de aquel a quien ha amado en secreto, puesto que la muerte es vida cuando el sentimiento abre los pétalos y nace la flor roja de carne y sangre dulce. El cuerpo del amado es ahora un despojo que podrá volver a vivir gracias a la ayuda del hombre del espacio, que a sabiendas de a quien a abandonado, sabe que en ocasiones el humano es fuerte si el motor es capaz de impulsar el alma. Solo con ello es capaz de alejarse del planeta a través de la negrura del espacio. El caos hará el resto. La resurrección es inevitable.

La carne recubre al hueso

La vida rebrota en el laberinto del sistema nervioso

No hay nada como sentirse vivo

A pesar de la dulzura con la que se ha visto degradado.

Área 51

La parte que nos toca contar relata los acontecimientos que nutren el imaginario ovni. Miles de personas se reúnen en torno al Área 51 para ser espectadores y a la vez partícipes de la masacre que el Gobierno se supone que tiene preparada para ellos. A los adoradores de lo macabro, de la entidad espacial que dibuja el cosmos, les encantaría pulsar el botón que reanime a la bestia omnipotente, pero la imagen de tanta carne y tanta víctima inocente en torno a sus mandatarios, les apena a la vez que nubla en cierta manera el ansia por hacer que todo sangre. El hombre cree ser libre pero dicho sentimiento es una variante de campaña publicitaria que dirige su vida. El mandatario tiene el control, puede apretar el botón, es como la bestia del cosmos que todo lo ve y espera el mejor momento para chasquear los dedos y hacer que todo desaparezca.

La parte más oscura de lo que está a punto de acontecer proviene de una mente que no sabe si está bajo su total control cuando teclea el relato que se supone, dejarán de leer a la mitad aquellos que esperen un texto de estructura clásica. La narración puede retorcerse al igual que lo hace la vida abriéndose paso hacia la negrura del cosmos. Las palabras están construidas con la misma magia con que lo hace quien las crea, quien las repite, quien esculpe con materia invisible.

El público rodea el edificio repleto de experimentos con alienígenas, de misterios y de farándula del espacio exterior. Algunos se construyen sombreros de papel de aluminio, al igual que en las películas otros esperan ver algo para sonreír en silencio en sus camas individuales horas antes de acudir a sus obligaciones reales. El espacio exterior lo tiene todo programado. Teclear palabras en este momento ya estaba previsto. La originalidad es una palabra para infantes que juegan a ser distintos. Pero lo distinto en realidad es lo de siempre, ya no existe la magia porque incluso se han apropiado de su nombre. El Área 51 está repleta de imbéciles emulando a Mulder y Scully.

Podemos hacer el amor con los conceptos, jugar a los malabares con piezas de nave extraterrestre, arrancarnos una muela creyéndonos brujos, pero siempre sabremos que el único lugar al que podemos acudir para sentirnos especiales ante los demás es el Área 51. Un extraterrestre no desea formar parte de nuestro planeta. Ni tan solo congeniar con nosotros. Estamos demasiado infantilizados; aún nos gusta jugar a los disparos. Ellos saben que invocando al monstruo oscuro, a la Dark Prophecie, al Color surgido del Espacio, todo puede irse cañería abajo, pero prefieren ver como los hacemos nosotros solos.

El chthuluceno nos ayuda a comprender nuestros errores, de ahí que ni al mandatario le apetezca oprimir el botón rojo, ni a la bestia del cosmos arrasar con todo; es más divertido ver como el objetivo se cumple sin mover un solo dedo. Es mejor ver como todo arde sin tener un encendedor en el bolsillo.

Aun así, en lo alto de los cielos, al ente que se esconde detrás de la pantalla y que espía la escena desde su aeronave le apetece hacer algo con el cúmulo de carne y locura que trata de caer bien a los hombrecillos del espacio. Sus ojos de reptil parpadean a intervalos demasiado largos, su lengua repasa la sierra de dientes que se esconde bajo la capa de carne que le sirve de boca y su órgano que le sirve para ver, pensar y analizar necesita ponerse en marcha. Planea un golpe, algo parecido a un pequeño altercado en la Tierra, pero no de demasiada importancia, algo que en dos o tres días se haya olvidado. O quizás sea más divertido jugar a ocasionar la catástrofe. Mediante su capacidad para hablar con los dioses pide permiso para prender la llama, sabe de antemano que no se lo van a otorgar, pero de todas formas lo hace.

Aprieta un botón del tablero de su nave.

Una pequeña explosión en la superficie de la Tierra hace que medio centenar de cuerpos se agiten en el aire y vuelvan a caer al suelo. El resto de personas observan lo que ocurre. Nadie dice nada porque ya hay alguien desgañitándose con otro espécimen de su propia especie. De los rasguños de voz pasa al mordisco, a la rabia, a los ojos inyectados en sangre. El lagarto de la nave a ejecutado su pequeño plan perverso, su juego interdimensional, su alegoría de la sociedad de consumo humano. El caos es ahora un titular en primera plana. Los unos se atacan a los otros; la sociedad vive su verdadera realidad consumista. Consumamos hasta la carne del vecino; quítale el sombrero de aluminio y pégale un mordisco.

El ente reptiliano disfruta de lo que ve. La gente empieza a perseguirse. Hay quien huye. Existe también la figura del que acecha. Pronto quedarán todos sumidos en una anécdota en la historia de la extinción de la humanidad. O quizás no.

Hay sangre en el suelo porque cada vez que alguien muerde a otro, este se contamina. Igual que en las películas baratas de muertos vivientes todos corren por el único y verdadero motivo. Solo que esta vez la muerte ha sido gracias a un reptil que pilota aeronaves ultraterrestres. Los actores secundarios se empiezan a percatar de lo que ocurre. El muerto viviente forma parte de la esencia que comprende la vida del cosmos. Todos somos energía viviente que pasamos de un cuerpo a otro; el zombi es la evolución del cuerpo inútil que deja de serlo y sirve a un propósito simple, una variante de retorno a las necesidades básicas de todo ser viviente.

Los dioses observan con horror como el curso de la historia del hombre ha girado de un modo tan inaudito. Ya no existe el destino, al igual que las narraciones, la historia del ser humano puede sufrir tantos cambios como intenciones perversas existan. Ellos observan el cambio que está aconteciendo. No quieren participar en la perversidad de las vibraciones que emana el ser reptiliano que ríe de un modo distinto al humano. Aun así se sienten traicionados y disgustados.

El ejercito que defiende el Área 51 dispara a los cientos de mujeres y hombres que corren hacia ellos con sangre en sus mandíbulas. Algunos caen al suelo y otros se arrastran por el suelo con los ojos inyectados en sangre. No hay modo de detener el estropicio. Los muertos en vida cada vez son más, algunos siguen llevando el sombrero de papel de aluminio sobre esas expresiones de odio exacerbado. El edificio del Área 51 cada vez está más desprotegido.

Los soldados van cayendo para volver a levantarse. Ya no necesitan sus armas. Ya no desean abrir fuego. Todos corren hacia un lugar concreto, hacia donde saben que encontrarán más vidas a las que convertir. Algunos miran al cielo, hacia la dirección donde se encuentra la nave que les ha otorgado su nueva forma. Avanzan hacia el edificio cada vez más vulnerable. Saltan las vallas, revientan las verjas, arrasan como si fueran pequeños Panzers de carne y hueso.

Los dioses ya saben como termina el relato y por ello restan impasibles, expectantes ante alguna variación insospechada que pueda variar la estructura de la historia. Saben el final porque han visto a través del más allá. Saben el final porque empiezan a recordar que son ellos quienes escriben las historia a pesar de algunos pequeños contratiempos. Quedarse con la esencia de la existencia, leer la historia a rasgos generales hace despreciar un montón de detalles nimios. El ataque zombi que sufre el Área 51 es una pequeña infección en la historia que se va a curar en poco tiempo.

Los muertos consiguen entrar en el edifico y arrasan con toda forma viviente, muerden a las decenas de investigadores en bata blanca que se sienten desprotegidos, asustados, terriblemente sorprendidos. Un soldado convertido en muerto en vida muerde el cuerpo pútrido de un hombrecillo verdoso. Le arranca una buena parte del antebrazo. En un par de minutos la momia ultraterrestre cobra vida y empieza a deambular por los pasillos en busca de vidas a las que insuflar su particular medicina. Extraterrestres zombis empiezan a poblar las salas repletas de antiguos vehículos interestelares desvencijados. La vida ajena a la Tierra ha sido burlada a través del humano, siendo este a su vez engañado por un truco reptiliano.

El ente de dientes afilados grita de rabia porque se ha descubierto a sí mismo, ha sido burlado por la trampa que ha preparado él mismo. Su idea no era la de atacar a otras formas de vida exceptuando a las terrestres, sino todo lo contrario. De las puertas del edificio salen humanos con el pecho sangriento acompañados de extraterrestres con los ojos acuosos que deambulan de un modo pintoresco. La vida de los muertos vivientes es ahora un curioso circo de seres universales que no tiene adonde ir. La porción de Tierra que cubre los alrededores del Área 51 es algo infame y ridículo, un circo sin espectadores, un vertedero de vida inútil.

Los dioses deciden borrar el episodio poseyendo el cuerpo y la mente de quien escribe este relato y …

La parte que nos toca contar relata los acontecimientos que nutren el imaginario ovni. Miles de personas se reúnen en torno al Área 51 para ser espectadores y a la vez partícipes de la masacre que el Gobierno se supone que tiene preparada para ellos. A los adoradores de lo macabro, de la entidad espacial que dibuja el cosmos, les encantaría pulsar el botón que reanime a la bestia omnipotente, pero la imagen de tanta carne y tanta víctima inocente en torno a sus mandatarios, les apena a la vez que los devuelve a un estado de total contemplación.

Prefieren ver como el humano rinde culto a la vida espacial y viste merchandising sobre la vida extraterrestre y se coloca sombreros de papel de aluminio en la cabeza. La bestia oscura que divisa el espectáculo desde lo alto de los cielos observa el botón del tablero y decide no hacer nada, no sabe porqué, pero algo le dice que no hay nada divertido que hacer, el ser humano ya es de por sí divertido con sus guerras y su codicia. Se coloca ante el tablero de mandos y vira su rumbo hacia otro sistema solar. Su estela dibuja una hermosa curva que dura menos de dos segundos.

Los diosos ultraterrestres se sienten humillados ante el hecho de actuar ante la irresponsabilidad de los seres que tiene por debajo. Nunca más van a actuar ante los ojos de nadie, ni tan solo a tratar de cambiar el rumbo de la historia. Aún así algo parecido al alivio parece anidarse en sus corazones cuando la narración parece retomar un rumbo mucho menos violento y algo más surrealista. Tan solo hace falta ver a un tipo con un sombrero de aluminio coronando su cabeza.

Ojos blancos-cabeza que sufre elefantiasis-razón hipnótica-esperpento sideral

Consumido por el tiempo el avance se hace lento y aunque seas un hombre rápido, hay algo que parece atarte a un árbol para consumirte mientras crece todo a tu alrededor. Ya no sabes si alzar la vista al cielo o esperar al fenómeno; la realidad se come una buena porción de un proyecto llamado ILUSIÓN. ¿Qué haces esperando su llegada cuando sabes que, quizá, nunca va a ocurrir? Hay quien dice que la depresión no puede curarse con un avistamiento ovni, o con la simple y perfecta belleza de una ola arrastrando un hotel de siete estrellas; simplemente hay que actuar aunque sientas un enorme peso arrastrándote hacia el final.

¿Quién dice que el final es negrura y una eterna carta de ajuste?

Observando el contoneo de una de las integrantes de Salt N Pepa en la pantalla FULL HD de tu cabeza, te acuerdas de la fotografía del agujero negro que tanto esperabas, pero, ¿no prefieres la música electrónica taladrándote el tímpano como banda sonora del aterrizaje de un UFO en tu jardín? Hay días en los que piensas en tirar la mesa de exterior que compraste en una central del consumo instantáneo (AKA-IKEA) para dejar un poco de espacio para la supuesta nave. Otros días ni tan solo puedes levantar cinco kilos con un solo brazo. Da igual. La idea de la existencia de siete civilizaciones distintas en la Vía Láctea aleja a la figura oscura que se dibuja en tu pensamiento en forma de idea divergente; muchas veces deduces que la variante de Amahl Farouk que retuerce tu felicidad, o lo que consideras que lo es, sigue un proyecto cuyo fin pretende aniquilar lo hermoso que cabe en tu cabeza. Vale, sí, has mezclado y has jugado y has juntado sustancias prohibidas, pero qué más da, la idea de creerte una especie de Legion et fa trempar, que cony.

En la oscuridad que confiere la noche ves un violín derritiéndose en lugar de las luces que “lo iluminan todo”. Crees en la existencia de un TODO en el Universo que juega a ser un Caballo de Troya ante la visión de los humanos. Ya te has vuelto loco, te acabas de dar cuenta ahora mismo, cuando escribes esto. Por eso difieres ante las cabezas pensantes que dicen que le mundo es cuadrado y que no hay vida en el espacio. “Dadme una pastilla. Dadme unos azotes. Quiero ver como aterrizan en el jardín, joder”.

Suena música parecida a la banda sonora de Los Vengadores. Una luz refleja tus zapatillas de correr, saltar y perseguir a ladronzuelos en Ciutadella-Vila Olímpica. Una luz que te quema las retinas y te hace llorar de alegría. Da igual si es un engaño. No importa que la nave no quepa en el jardín. Algo baja desde el cielo y parece una bacteria gigante que canta temas de Alan Silvestri. “Oh my god. Quiero más mierda como esta”.

La bacteria gigante se posa encima de la mesa que no has quitado y dota a la pared de tus casa de tonos azulados. Es hermoso. Es extraño. Pero te gusta tanto que apenas parpadeas cuando la música de Silvestri parece detenerse y oyes una voz que parece que salga de tu cabeza.

“Te queremos mucho papi. Queremos regalarte un ramo de flores. Mi amol. Mi tesoro”.

Sabes que es tu imaginación, que al igual que el antihéroe Legion tienes una app mal instalada en el sistema. Que has oído tantas veces la música de Silvestri que brota solita por el dolby surround de tu materia gris. Tratas de alejar la voz mediante una ingesta extra de anti-negrura-mental-espacial-incontrolada. “Oh sí. Todo es calma y mares lisos como espejos recién pulidos”. Pero la bacteria sigue ahí y la luz azul baña tu rostro igual que los personajes de Avatar mientras suena el teléfono. Es el fijo.

Corres hacia el interior del habitáculo y descuelgas el auricular y oyes una voz que te saluda y te dice que lo que está en tu jardín es real y que no hace falta hacerte creer en hombres verdes del espacio y platillos en forma de puro. Que la vida ultraterrestre existe y que no importa que te llamen chalado. Que tienes un cometido importante en la Tierra y debes abandonarlo todo para implicarte a tope con ello. También te piden disculpas por parecer unos antiguos y llamarte por el fijo en lugar de por el móvil. Te ríes y les dices que da igual, que pasas bastante del móvil y que estás muy emocionado por su visita. Antes de colgar les dices si pueden adoptar la forma de Latoya Hanson cuando tenía 20 años. Pero al volver a salir al jardín vuelves a oír el teléfono. Descuelgas y la misma voz te dice que los acompañes a dar una vuelta.

Corres al exterior y te postras delante de la bacteria. Cierras los ojos debido a la cantidad de luz que trata de violar tus cuencas y al volver a abrirlos, tienes enfrente de ti a Latoya Hanson invitándote a entrar en una nave similar a un platillo.

Entras dentro y la narración despega a una velocidad superior a la de la luz para aterrizar en un punto aleatorio en la Vía Láctea, cerca de la Constelación de Sagitario. Olvídate de ti y de lo que ha aterrizado en el jardín. Latoya ya no existe. Concéntrate en la narración y en su metamorfosis.

Mediante oscuros designios el sistema circulatorio más parecido a un circuito linfático que conforma la base y desarrollo de la bacteria, construye un destino distinto al habitual trazado de cotas que va superando mediante el avance por la negrura espacial. Es una idea subyugante aquella que obliga al sistema entero a moverse por motivaciones especiales, pero la necesidad se hace latente cuando identifica, algo lejos, un ente que tiene las puertas abiertas a nuevas creencias para la obtención de nuevos significados. Los de su especie lo denominan alienado, y qué mejor denominación para usarlo como tonto útil ante el deseo de utilizarlo por el mero hecho de jugar con la especie.

Sabe que los de dicha ralea (especie humana) son fácilmente manipulables mediante algo que esconden en su mente y que algunos llaman miedo. Sabe que es como una app que no se puede desinstalar, que necesita dicha emoción para suplantar a otras y así mantener un equilibrio. Pero es todo un engaño de la mente; una trampa emocional que combate en todo momento al raciocinio. La bacteria lo encuentra todo muy primario, pero le divierte. Sabe que los humanos, de pequeños, destrozan hormigueros para divertirse, así que la masa viscosa que tiene por órgano pensante, visualiza un futuro inmediato visitando la Tierra y organizando un festival de la estafa.

Con el lento avance de sus brazos orales fija su destino en el planeta azul y estudia la vida del alienado para organizar una Operación Caballo de Troya en toda regla. Sabe que el alienado se mueve por la pasión que esconde la razón, sabe que esta última también puede entender de pasiones, así que mueve sus filamentos con lo más parecido a un sentimiento motivacional; es su forma de expresarse a la vez que avanza para provocar el shock y el terror y la vida incómoda en un ente que sufre. Porque su origen es el planeta Orión, mucho tiempo olvidado en su materia pensante. Orión es lo que el reportero Keel menciona en boca de otros como una variante de infierno. Y la bacteria que flota en la negrura, ¿es un demonio?

Alejado de teorías extraídas de la mística cristiana humana y mediante la distorsión narrativa de este relato, la bacteria nos hace creer que es una bacteria, pero en realidad es otra cosa que nunca vamos a conocer. No podemos definir con palabras humanas lo que ha nacido en otro planeta. Pero sí que podemos visualizar a una bacteria flotando por el espacio. Así que sigamos los designios de su circuito linfático para llegar a la Tierra y descender en el jardín del alienado, que suspira por las curvas de trazo femenino y la música que unos llaman banda sonora y otros ni mencionan.

Y como su fuera el engaño que algunos emisarios tratan de hacernos creer, la narración no está segura de serlo, ni quien la escribe es ente que utilice la métrica ni las formas clásicas de la palabra escrita porque, en realidad, todo es un engaño y ya no se está seguro de nada en la era de la hipernormalización. Si el ocaso de la razón ya ha llegado, veamos que nos sugiere el relato si nos dejamos llevar por este y la escritura automática, puesto que ahora, justo en este mismo momento, quien escribe estas palabras deja entrar en su cabeza al ente LAM, aquel que entró en la mente de Aleister Crowley cuando practicaba un ritual sexual mágico con la médium Roddie Minor.

Ojos blancos-cabeza que sufre elefantiasis-razón hipnótica-esperpento sideral. La materia oscura que conforma al ente se encuentra chocando de frente con el muro del engaño político. Marcha atrás en juegos sexuales intimidatorios. Gran rostro que da vueltas multiplicado por siete la locura del niño que se tira de cabeza a su realidad alternativa. Extracto de salvia. Hombres cabizbajos porque les dicen que agachen la cabeza para tomar MÁS SOMA huxleyiana. La bacteria engaña al chico mentalmente perturbado por el loquero que le dice que lo está y los pechos de Latoya se mueven mientras la nave en forma de puro sobrevuela un océano de locura lovecratiana.

Ojos blancos-cabeza que sufre elefantiasis-razón hipnótica-esperpento sideral. La gran masa azul, también viscosa y repugnante a ojos de un niño expectante le muestra cómo construir un motor sin necesidad de energía mecánica. La materia oscura le enseña la sencillez de la física aplicada en un formato totalmente novedoso para su mente. Para tu mente. Porque eras tú el que se ha subido a la nave con Latoya. No disimules.

Ojos blancos-cabeza que sufre elefantiasis-razón hipnótica-esperpento sideral. La hipernormalización aplicada al relato para que sufras al no entender ni pizca de la locura de quien dicta estas palabras. Al tirarte de cabeza a la oscuridad de tu realidad alternativa entiendes la forma de construir un motor sin mecánica y por un momento eres genio pero no como Crowley. Y enseguida quieres volver a tu casa y pensar mientras fumas y pensar otra vez en la construcción de un motor usando la energía provocada por el empuje de un cuerpo en movimiento.

Ojos blancos-cabeza que sufre elefantiasis-razón hipnótica-esperpento sideral. Vuelves a ver a Latoya hermosa y reluciente con su traje de plástico transparente y no puedes dejar de mirar su piel perfecta. Let’s talk about sex. Hablemos de la orgía de Crowley y Minor y dejemos que LAM se largue de esta narración. Vuelves al punto de partida.

Ya no existe la luz azul.

Cierras los ojos y sueñas con las teorías de Keel y la piel de Latoya. Un sofá. Tu casa.

Ojos blancos-cabeza que sufre elefantiasis-razón hipnótica-esperpento sideral. ¿Quién te ha dicho que esto ha terminado? Esto es solo el principio. Vamos a pensar en física sin necesidad de energía motor. Bueno, en realidad tú vas a pensarlo.

Levántate y empieza a construir.